La Iglesia nuevamente recuerda y resalta la vida de un santo cuya existencia sigue hablando al mundo y a la Iglesia, pese a que han transcurrido ya 365 años desde su Pascua. En estas líneas queremos agradecer a Dios por el don de la vida y por el carisma que concedió a Vicente de Paúl, nacido en un pueblo de Francia, en Gascuña, en 1581.
Nuestra alabanza se eleva hoy a ese Dios que, en Jesucristo, se nos mostró como un Padre misericordioso. Precisamente ese fue el camino que transitó nuestro querido santo: el camino de la misericordia. Un camino abierto a la acción divina, procurando vivir, ante todo, la humildad, talento necesario para que pueda habitar el amor.
Honrarlo es, por tanto, honrar al mismo Dios, como bien reza la plegaria de los santos en la Liturgia Eucarística: “Porque eres glorificado en la asamblea de los santos, y, al coronar sus méritos, coronas tus propios dones…” (cf. Prefacio de los Santos I).
En ese sentido, hoy es un día de acción de gracias a ese buen Dios, Padre rico en misericordia, porque, como hijos suyos, el Espíritu nos mueve a “cantar las misericordias de Dios” (Sal. 88).
Una acción de gracias que brota de la luz que Vicente de Paúl dejó brillar a través de sus obras. Él comprendió las palabras del apóstol Pablo y no vivió para sí mismo, sino para los demás. De esta manera, San Vicente puede también decir con el apóstol: “Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Por tanto, en la vida como en la muerte, somos del Señor” (cf. Rom. 14,8).
En el camino fue comprendiendo que no le era posible pertenecer plenamente a Dios si no se hacía pequeño y se ponía al servicio de los más pequeños: los pobres. Su impronta no fue un simple ejercicio filantrópico, sino el fruto de haber sido tocado por el amor mismo, es decir, por Dios. En consecuencia, su vida se tradujo en servicio, entrega, constancia y fidelidad a los más pobres.
Por sus capacidades intelectuales y por la cómoda vida en la que nació y creció, quizás pudo alcanzar otras glorias que le hicieran sentirse grande e importante, incluso dentro del camino eclesiástico, dadas sus cualidades. Sin embargo, su encuentro con Cristo en los más pobres lo llevó a comprender que: “No podemos asegurar mejor nuestra felicidad que viviendo y muriendo en el servicio de los pobres”. San Vicente de Paúl.
Una memoria que inspira y compromete
Dice el Evangelio que una luz no se enciende para esconderla, sino para ponerla en lo alto y que alumbre a todos (cf. Lc. 11,33; Mt. 5,15).
La vida de San Vicente sigue siendo esa luz que ha inspirado y continúa comprometiendo al cristiano con lo fundamental de la fe: la vivencia del amor y de la caridad.
Obras como las Hijas de la Caridad, movimientos y centros caritativos que llevan su nombre y, aquí, en nuestra ciudad de Medellín, el Hospital que lleva su nombre —que desde 1913 nació como una luz de esperanza para los más pobres, no solo de la ciudad, sino también de la región y del país— son expresiones de esa inspiración.
Todas estas obras son luces que se han encendido a partir de una vida convertida en Buena Noticia, en esperanza y misericordia.
Al celebrar este Hospital a su santo patrono, también existe una llamada a recuperar el corazón mismo de la institución, comprometiéndose a hacer de la salud un servicio verdaderamente humano. La vida de San Vicente, en sintonía con el doctor Alejandro Echavarría Isaza, debe llevarnos, como comunidad paulina, a redescubrir en cada paciente la presencia de Cristo, quien nos dice: “Todo lo que hicisteis al más pequeño, a mí me lo hicisteis” (Mt. 25).
El mundo de la salud, atravesado por las lógicas de una economía que, en ocasiones, piensa más en sí misma y subordina la persona humana a lo productivo, especialmente a los más pobres, está llamado a reconocer en el Hospital un oasis de humanidad y de cercanía misericordiosa.
Porque, como nos lo recuerda el papa León XIV en estos tiempos de la inteligencia artificial, “La civilización del amor… consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro —ya sea persona o pueblo— como un aliado necesario para la construcción del bien común” (cf. MH n.º 186).
La grandeza de nuestra institución no estará solamente en la técnica, en el mejoramiento de sus fachadas, ni en el título o los títulos que pueda alcanzar, sino en el servicio al otro como persona, hija de Dios, y aún más cuando se trata de quien es pobre.
Una infraestructura sin humanidad no pasa de ser paredes y metal; pero, cuando tiene corazón, se convierte en un organismo vivo que da vida.