La iglesia universal, y muy especialmente sus hijos e hijas celebran éste 14 de julio la vida de un hombre que supo encontrar a Dios en las vicisitudes que vivió. En su carne herida se dejó encontrar por otro herido, Jesucristo, el traspasado, como nos lo relata el evangelista Juan. La herida del hombre Camilo se convirtió en camino para que como San Pablo nos dejemos tumbar por el Resucitado y herir de amor por los pobres y enfermos. En ese sentido celebrar su memoria implica nuevamente descubrir no solo al santo que vivió hace muchos años, 476 años para ser exactos. Y que está enmarcado no con un manto de gloria, sino sobre todo su Testimonio. La pascua de san Camilo es una luz que sigue iluminando y mostrando el camino verdaderamente redentor que la humanidad hoy necesita descubrir y al que la Iglesia misma debe volver: La misericordia.
Reducirlo a una simple memoria emotiva y ritual sería convertirlo en una momia de museo; nos corresponde en la hora actual que vivimos como Iglesia y como sociedad desempolvar su rica y profética experiencia de Dios, su palabra y testimonio en este hoy en el que el sentido de lo humano se va desdibujando por un tecno centrismo que nos invade. En ese sentido, y en el marco de su memoria litúrgica vale la pena resaltar dos aspectos fundamentales de su espiritualidad de manera que podamos también nosotros asumirlos y como él seguir transformado el mundo con más humanidad.
Una mirada humana y cristiana frente al pobre, el herido, el enfermo:
En una ocasión, el papa Francisco hablaba que el único momento en que era válido mirar al otro desde arriba era para tenderle la mano para ayudarlo a levantar. El tema de la “mirada” es muy frecuente en los evangelios. Ellos nos dan cuenta sobre la mirada de Jesús: “Lo miró con amor” Mc 10.21.
Podríamos realizar todo un listado de los momentos y personajes a los que Jesús miró, pero esa del evangelista Marcos recoge todas ellas. Jesús no miró con indiferencia, ni con altivez, no miró para desacreditar ni mucho menos para murmurar del otro, no vio en el otro solo pecado, ni mucho menos hizo una mirada calculada del otro o del momento para beneficiarse él o su familia. Marcos nos lo dice sin tanto adorno y muy claramente, la mirada de Jesús es una mirada de amor.
El camino de conversión de san Camilo comienza con esta mirada de amor, él se deja ver, se deja mirar por el crucificado y se da cuenta que alguien lo ve distinto, quizás por primera vez. Es una mirada que le abre los ojos en la hora más oscura que vivía y lo hacer “ver” de nuevo. Esa nueva realidad le hace darse cuenta no solo de su situación de calle, de mendigo, sino sobre todo del otro; herido, pobre y abandonado. Miró la carne herida del pobre pero no solo la miró, sino que también la tocó. Pero para ello san Camilo necesitó ponerse en un nuevo lugar, en el lugar del discípulo que no solo se siente amado y rescatado sino también enviado a hacer próximo con el que ha sido pisoteado, maltratado, descartado por un mundo construido por lo institucional, frio, legalista y sin espíritu. San Camilo se ubica en el mismo nivel del pobre y entonces miró de verdad.
Ver y tocar la carne herida, son dos acciones que hoy necesitamos para humanizar esta sociedad fuertemente subordinada al criterio del capital y que entrega a ese dios, como sacrificio, la vida humana y sobre todo la del pobre. En San Camilo descubrimos que el pobre y por tanto su vida y su cuerpo no pertenecen al dios dinero, y por tanto no se ha de subordinar a ese sistema piramidal si no que le pertenecen a Dios: “den al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”. Esta verdad pronunciada por Jesús condena y denuncia un sistema económico que se ubica de primero y deja al pobre en un segundo o tercer lugar. Se constata ello en una salud cada vez más organizada a los intereses de empresarios y la mega industria farmacéutica que “ve” al enfermo como una fuente de ganancia y por tanto de riqueza.
Necesitamos como San Camilo “mirar” desde la perspectiva de Jesús para entonces si aproximarnos al otro con el objetivo que viva, recupere su dignidad y lugar en la sociedad y en la iglesia.
Un fundamento nuevo: La misericordia
El principio cristiano es “misericordia quiero y no sacrificio”, en ello se resume todo el mensaje jesuítico, por así llamarlo. El amor es el fundamento de todo, y así lo asumió nuestro santo. Es desde esta virtud teologal que se logra entender la metanoia, es decir, la transformación honda que vive y que da razón a su entrega, a su sentido de projimidad. Desde el evangelio San Camilo es modelo de prójimo, de ser próximos.
Las guerras que vive la humanidad; bélicas como comerciales, son fruto de una sociedad y política sin corazón de carne; es decir, inhumanos. Por eso el papa Francisco definió el actual sistema económico como una economía que mata, no es nada misericordiosa con los pobres, ni mucho menos con los enfermos. Una sociedad distraída en las redes sociales, cultivando la imagen de lo bello, o de lo que una sociedad de consumo nos presenta como bello, que compite no tiene tiempo ni espacio para “mirar” al otro lado a personas sin casa; niños y niñas con hambres, sin escuelas, sin familias, sin templo donde rezar. Sin salud, ni médicos, ni hospital, ni siquiera una tienda de campaña. En este orden, al mirar la conversión Camiliana no se tradujo en un buenismo religiosos desencarnado, sino todo lo contrario, se hizo responsable de su tiempo y desde el amor nos mostró que el verdadero progreso del ser humano es cuando sabe curar, sanar, acompañar, fortalecer, en una palabra: Humanizar.
Es desde ese fundamento donde podremos hacer frente a un nuevo hombre que aparece no tanto ya humano si no cargado de algoritmos que van definiendo sus deseos, prioridades y necesidades. Solo el amor nos permitirá ver al otro como hermano, como ser humano que me complemente y con quien estoy llamado a caminar juntos.
Volver al corazón es la llamada de este hombre que supo encontrarlo cuando sintió que todo estaba perdido. Se dejó transformar y en ese proceso hizo del servicio a los enfermos una escuela de humanidad. Necesitamos un ser humano con carne que sea capaz de compasión para sanar esta sociedad enferma de odio, codicia y consumo.